Blas Jaime, el último chaná parlante, murió a los 92 años y dejó un legado que trascendió su propia historia: conservó durante décadas una lengua indígena que se consideraba extinguida desde hacía alrededor de dos siglos y, cuando entendió que había llegado el momento de romper el silencio, comenzó a transmitirla para impedir que desapareciera con él.
Blas Wilfredo Omar Jaime había nacido en 1934 en El Pueblito, cerca de Nogoyá. En una entrevista concedida en 2024, con motivo de su cumpleaños, explicaba con una sonrisa que su edad era diferente según la forma de medir el tiempo: “Según el calendario chaná, tendría 107 años porque son 11 lunas, años más cortos y, por ende, tendría más años”.
Su historia personal estuvo atravesada desde la infancia por los conocimientos que recibió dentro de su familia. “Nací para ser cacique y curandero, porque tenía los signos en la mano, el paladar y la panza”, había relatado. Pero esa herencia debía mantenerse oculta. Según recordó, durante años su familia consideró peligroso exteriorizar su pertenencia originaria debido a la discriminación y persecución sufridas.
Una lengua transmitida dentro de la familia
“Los indios fueron perseguidos, despreciados y maltratados. Entonces, mi familia decidió que yo aprendiera todo sobre la cultura, pero que no lo hablara con nadie por fuera del pueblo chaná”, explicó Jaime al reconstruir aquella etapa de su vida.
Tenía 12 años cuando su madre comenzó a enseñarle el idioma de sus antepasados. Sus maestras habían sido mujeres: primero su bisabuela y su abuela habían participado de esa cadena de transmisión y finalmente su madre asumió la tarea de legarle ese conocimiento.
“Mis maestras fueron mi madre, mi abuela y mi bisabuela; ellas me enseñaron la lengua chaná. Mi mamá se decidió a enseñarme porque no tenía hijas mujeres”, contó. Las clases comenzaron cuando tenía 12 años y continuaron hasta aproximadamente los 25.
El conocimiento que sobrevivió durante décadas
Jaime no había terminado la escuela primaria, algo que contrastaba con el recorrido académico que alcanzaría décadas después a partir de sus conocimientos. “Las tomé con gusto y era muy estudioso, a pesar de que no terminé la escuela. Este era otro tipo de conocimiento; un conocimiento más puro, más directo, de siglos de transmisión oral”, recordaba.
Él mismo se definía como una persona sin educación formal y destacaba con cierta ironía que había llegado a brindar charlas en universidades de distintos países. “Nadie sabe que nunca fui a la escuela”, había señalado pudo saber EntreRíosYA de lo informado por Elonce.
