La nueva vida de Pipo Pescador lejos de la Argentina

La nueva vida de Pipo Pescador lejos de la Argentina

Fueron ocho las valijas de Pipo Pescador que volaron a continente europeo con media vida comprimida. Cinco acordeones, una boina, su museo personal de cartas que le enviaban los niños en los setenta y una convicción: no dejar embarcar a la melancolía del emigrante.
Hace ocho años, cuando decidió volver a ser el anónimo Enrique Fischer y ponerle punto final a Buenos Aires, Pipo vendió su casa palermitana, regaló su piano de cola y mandó los muebles por mar.

Ahora vive entre el orden y la pulcritud, en Eberbach, una ciudad de 15 mil habitantes, a los pies del volcán extinto Katzenbuckel. A menos de dos horas de auto de Frankfurt, dentro del Distrito de Rin-Neckar, su casa está sostenida por una montaña.
Sus días fluyen livianos como el río que tiene cerca, el Neckar. Está viviendo su bella “rückzug” (su retirada) entre construcciones de piedra, abadías, castillos, murallas y la musicalidad de esa palabra que nombra a la arquitectura típica que lo rodea, Fachwerkhäuser, algo así como el entramado de madera en los edificios.

 

Cuatro pisos de una bellísima edificación lograron el sueño de convivir con hija, yerno y nieto bajo el concepto “juntos, pero no amontonados”. Pipo habita la planta baja y en el resto están el taller de su yerno, luthier y guitarrista, y la casa común de la pareja.
En 2015, cuando decidió que compraría una vivienda familiar para disfrutar del retiro, ocurrió la magia: después de haber visto una docena de casas alemanas y desanimarse, desde la inmobiliaria les propusieron conocer una propiedad a 30 kilómetros de la ciudad de Heidelberg. Hubo flechazo.

“Aquí ocurre algo bellísimo a la hora de escuchar las obligaciones del vendedor. El notario explica que se mantiene la regla medieval de abrir puertas y ventanas horas antes de la firma para que los espíritus puedan salir”, explica Pipo y juega con el teléfono en modo panorámico para mostrar la inmensidad del poblado.

“En este lugar se vive tranquilamente, con muchas garantías. Uno sabe que frente a cada circunstancia que tenga que enfrentar hay una salida y hay previsto algo. Es una de las muchas razones por las cuales vine”, se sincera el trovador hippie, autor de ese misil musical que todavía suena en el mundo, El auto de papá.

 

¿Qué es la patria a la distancia? ¿Cómo es vivir en un rincón donde la perfección del sistema puede aburrir? ¿Hay un proceso de des-argentinización? ¿De qué manera se empieza otra vida un rato antes de los 80 años?
“Yo no creo en el pasado como algo vivo. Uno se tiene que atrever a dejarlo totalmente, pero no enojado. El pasado quedó en Argentina. Aquí no me conoce absolutamente nadie y eso quería probar. Los vecinos me estiman. Somos poquitos en una calle residencial. Ocho casitas”, sigue mostrando su edén vía pantalla del celular. “¿Querés que te cuente una cosa inexplicable?”, pregunta y suelta antes de que le respondan.

“Sabés que yo nací en Gualeguaychú y que durante muchos años se discutió qué quería decir. Hay muchas teorías, pero la que me enseñaron en la escuela la sentí siempre como la verdadera: en guaraní ‘gualé’ es jabalí, ‘guay’ es agua y chú ‘agua pequeña’. O sea que es el río pequeño de los jabalíes. Cuando me empadroné en Eberbach, un día junto a mi nieto veo una imagen de bronce en el puente: era un jabalí. Eberbach quiere decir ‘río de los jabalíes. ¿Cómo entendés estas casualidades? ¡En Alemania debe haber 30 mil pueblos como este y yo vengo a elegir uno que tiene conexión con Gualeguaychú!”.

En su nuevo país lo llaman Enrique, pero en idioma alemán (Heinrich). Cuando hay buena cosecha de uva, los lugareños le dejan una canasta repleta en la puerta. Ama la expresión de deseo ‘Guten Rutsch’ que se dice a la hora de las campanadas del Año Nuevo, mientras toma vino caliente rodeado de fuego: “Buena resbalada, porque se considera que uno resbala hacia el nuevo año”.

 

Puede olvidar en la puerta de casa las botas especiales que usa para surcar cada mañana los senderos y a los días las botas se mantienen en la misma posición, lejos de las manos amigas de lo ajeno. Se levanta a las seis y arranca su día caminando por el bosque junto a su perro Mastín, Max, y a su yerno, Guillermo. Una hora de excursión y un recorrido de tres o cuatro kilómetros. Si es invierno usa una vincha especial para iluminar el camino.

Ya no extraña el hogar palermitano de Paraguay y Serrano, ni a sus vecinos, ni a esa forma latina de vinculación social. “Acá no son fríos, lo que hacen es no avanzar más de lo que deben, ser cuidadosos de ellos y de los demás. Yo no puedo tocar timbres, todo es por invitación, con la famosa torta de las 15”, aclara. “No me parece mal, porque la formalidad protege. En Argentina avanzamos tanto que después no sabemos cómo ir para atrás”.

-¿Algo de aquel lugar se parece a la Argentina?
-No. Yo no vine aquí a añorar lo que dejé. Ahí ves mi parte alemana. Si me voy a pasar añorando lo que dejé: ¿Para qué lo voy a dejar? Vine porque decidí darle a mi hija el tiempo que no le di antes. Carmela nació en enero de 1972, y en enero de 1972 me contrató Canal 13. Yo iba a verla un ratito y ya me tenía que ir, pobre hija se crió con mucho amor pero así.

 

-¿Y cómo va esa tarea de recuperar el tiempo perdido?
-Vi a mis dos nietos crecer. Mi nieta mayor ya no vive con nosotros, estudia Arquitectura en Berlín, pero hago feliz mi rol de abuelo. Logré un apogeo, un bienestar lindo con ellos y no me iría nunca de aquí.

-¿No vas a volver a la Argentina?
-De visita nomás. Pero aquí en Alemania voy a dar mis últimas hurras, como diría Atahualpa Yupanqui. Cuando salgo de Alemania extraño esta vida sin sobresaltos.

-¿Cómo es esa rutina con un sistema tan prolijo?
-No hay cambios prácticamente en los precios, por ejemplo. Cuando fue la época del Covid hubo una inflación del 12% y se volvían locos. ¿Es un poco aburrido? Sí, porque no tiene la marcha de Buenos Aires, ni la energía ni el maravilloso sentido del placer que tiene Argentina. Mi nieto deja la bicicleta en la puerta un mes y jamás le va a faltar la bicicleta. Acá no existe el robo. No tenés que estar alerta. La policia te conoce. Conoce a los niños. Una vez llevé a mi nieto chiquito a jugar a un parque. Se dejó la mochila de la escuela. A la hora que llegamos cayó en casa un auto de la policía con la mochila. Se la devolvieron. ¿Oíste?

 

Jarrones chinos, espejos del siglo XVIII y su biblioteca frondosa arribaron desde Buenos Aires a Alemania tres meses después del envío. “Llegó un camión con el container, nevaba copiosamente y los vecinos salieron para ayudarnos a pasar a un garage lo que había sido una casa”, se ríe.
Habla algo de la lengua germánica y un perfecto inglés que le permite desplazarse campante por la república. Alemania está en su ADN. Nieto de alemanes, su padre, martillero se crió en una cerrada colonia de Entre Ríos en la que recién se le permitió hablar español a los 18 años.

Gran parte de la estética de Pipo artista se entiende también a través de esas raíces. Inspirado en las fiestas entrerrianas de los alemanes del Volga de Rusia, los chalecos de colores le dieron parte de su identidad. La otra mitad, se la debe a los gauchos entrerrianos, de allí la boina.
Durante su juventud, en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Universidad de La Plata, conoció a la misionera Julia Díaz, se enamoraron y fueron padres de Carmela.

Julia se convirtió en una prestigiosa ilustradora, Pipo se consagró como artista más allá de su título de escenógrafo. La pareja terminó, pero el vínculo dio paso a una amistad con cruces en Europa. A sus 19 años, Carmela eligió vivir en España, lo que llevó a Pipo a cruzar permanentemente el océano.

Si algo se llevó consigo más allá de su boina más querida es la forma de preparar el asado. A Pipo le pueden ofrecer platos típicos como bratwurst (salchicha de carne de cerdo), pretzel (pan o galleta salados) o sauerbraten (carne marinada), pero siempre preferirá el rito de su parrilla en la terraza alemana.

Pese a las más de siete mil millas de distancia, cada día ingresa a los portales de noticias e intenta seguir el ritmo de esa centrifugadora de hechos que parece ser la Argentina. “Yo no desaparecí no dejando nada en Argentina, allá tengo hermanos y casi 20 sobrinos. Me interesa informarme”, admite.

 

Cómo “ganarle” al pasado
Puede no sonar familiar para los sub 40, pero para los mayores Pipo significó una tierna marca artística. Profesor de música en jardines de infantes y animador de fiestas infantiles, a fuerza de pantalones pata de elefante y plataformas en los zapatos representó la vanguardia, transformó el teatro infantil y se metió en los bolsillos a los chicos y a sus padres.

“Marchaba preso día por medio porque el pelo largo y la ropa hippie eran intolerables para la dictadura”, advierte en una minibiografía que comparte y a la que llama “biografía autocrítica”: “Fui perseguido por la policía montada junto a compañeros de facultad y he desparramado bolitas de vidrio que llevaba en el bolsillo para que los caballos resbalaran”.

Su dulce rebeldía se topó con trabas de todo tipo y cartas documento de a cientas, como las que llegaban a Canal 13, firmadas por empresas auspiciantes que intimaban a dejar de cantar la “Marcha antisopa”.

 

 

En 1981 se animó a lanzar otro personaje revolucionario, Rocky Rock y el reinado nacional terminó en exilio. Después de vender millones de discos y de protagonizar una película de Luis Puenzo (Luces de mis zapatos), el COMFER calificó de “escandalosa e inmoral” su criatura y le levantó el programa.
La trompada terminó haciéndolo más fuerte, con una contratación en la TV española y un recorrido por Hungría, Canadá y otras tierras. Con un pie en cada lado del océano, un día descubrió que Gaby, Fofó y Miliki usaban como propio El auto de papá y Pipo ganó un juicio millonario.

Hace una década, cuando en su repisa dormían premios como el Zecchino de Oro italiano a mejor canción infantil de Europa, llegó la hora del desprendimiento. Donó su ropero, su archivo fotográfico, sus instrumentos musicales y sus premios al Instituto Bagnasco de Entre Ríos. No lloró ni se resistió. Fue como enterrar con honores al personaje.

“Dejé relegadas muchas vivencias y personas para poder tener cosas nuevas. Vivir aferrado es muy argentino. Es bueno porque sirve para reconocer y valorar, pero no deja lugar para el futuro. La vida es instante por instante. El budismo le llama el fulgor del instante, es decir, para vivir bien hay que vivir haciendo fulgurar cada instante, con lo que se tiene, con lo que es y con lo que le está pasando a uno. Si uno deja que un instante se apague, se ponga opaco porque se quedó prendido a otro, la vida se vuelve más compleja”, filosofa abrigado, entre temperaturas polares.

 

-¿Resultó liberador dejar de ser Pipo Pescador para ser Enrique Fischer?
-Mirá, la fama es un estado alterado de la vida de una persona. Ni bueno ni malo, alterado. Una manera de vivir no natural, apoyándose en un suceso personal que no es lo que le pasa a todas las personas. Esa situación está acompañada de creatividad y ganancias que hacen que toda esa vida tenga una coherencia. Mientras trabajás en eso ganás dinero y podés superar la no tranquilidad, el estar siempre expuesto en una vidriera. Cuando se termina el trabajo y la creatividad, la fama, se vuelve una carga.

-¿Por qué?
-Le preguntan a uno: ‘¿Cuándo vas a volver?’. Y uno queda prendido a una estructura a la que ya no responde. A cierta edad mejor no tener fama, no tener todo el tiempo esa demanda. Ese estado alterado no se puede soportar mucho. No quiero que crean que no valoro o rechazo el recuerdo de Pipo: simplemente es que uno vive muchas vidas y ahora no estoy viviendo la vida de Pipo.

La última vez que Don Fischer visitó la Reina del Plata, en abril de 2023, se hospedó sobre la Avenida Corrientes y se sintió extranjero. Él, que había sido rey de esa calle, sintió tristeza por la “transformación social”: “Había gente dormida en el suelo. No era la ciudad rutilante que viví hace más de medio siglo. No te imaginás lo que eran esas noches en los 60. Íbamos con mis amigos a ver una obra de teatro, a comer al Tropezón de Callao o a Pipo a disfrutar de fideos. Y a las seis de la mañana nos subíamos a una camioneta rumbo a los primeros pueblos donde el río empieza a ser mar. Una bohemia maravillosa, fiesta todo el tiempo”.

 

Dos veces por mes, Pipo conversa con su psicóloga, peruana. Las charlas en español le permiten “asear el bocho”: “Trato de sanar todo. A esta altura uno no debe tener deudas, debe vivir en paz con los errores que cometió. Todo hay que arreglarlo ahora, lo antes posible. Perder un poco la memoria es también una buena forma de sobrevivir. ¿Cómo se podría llevar una mochila de 77 años y de 50 como Pipo Pescador? ¿Sabés cuál es el principal problema que tenemos en la vejez?

-¿Cuál?
-Dramatizar. Y me interesa que todos los viejos puedan leer esto. Considero que el pasado hace bien en quedarse donde está. Hay que a-li-ge-rar, ser más frívolo. La frivolidad tiene mala patente, pero es muy sana. No dramaticemos sobre lo que perdimos, sobre lo que no vamos a hacer o no tenemos. Vivamos light. Yo estoy feliz de tener 77, tengo lo que tengo ahora y trato de hacerlo brillar. Esa es la ciencia de la vida.

 

Fuente: Clarín

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