Peón rural sobrevivió a una descarga de 13.000 voltios

Abr 29, 2022

A Agustín Etcheto (34) no le alcanzan las palabras para agradecer. «Con lo que te pasó a vos, se salva uno en un millón», le dijo uno de los médicos que lo atendió. «Mi cumpleaños es el 10 de diciembre, pero ahora tengo otro que es el 20 de abril», admite él ahora a las risas. Lo que le ocurrió hace nueve días en un campo en la zona de Orense, partido de Tres Arroyos, al sur de la provincia de Buenos Aires, prácticamente no tiene explicación.

El hombre, que trabaja como peón rural en el campo de su familia, recibió una descarga eléctrica de un cable de alta tensión que lleva 13.000 voltios. Son líneas que se utilizan para transportar grandes cantidades de energía a largas distancias y la mayoría de los trabajadores o chacareros que ha sufrido un hecho similar no lo pudo contar, porque es fulminante y se lleva la vida en segundos.

Eran poco antes de las once de la mañana cuando Agustín, esposo de Patricia (33) y papá de Renata (3), terminó de fumigar en el campo de su mamá, Mirna Hansen (55), quien le dio la vida dos veces: cuando nació y cuando le regaló las zapatillas que lo terminaron salvando.

La máquina iba de tiro de un John Deere 2730. Estacionó, levantó las alas, que tienen diez metros de cada lado, y cuando tocó el tractor para subirse sintió una descarga brutal. «Doy gracias a que no me alcancé a agarrar de la manija, toqué el fierro y ahí me tiró para atrás», cuenta desde su casa, reponiéndose.

La corriente eléctrica le entró por el dedo mayor de la mano izquierda y salió por el dedo chiquito del pie derecho. «Me tiró de rodillas, me venció… la media se me derritió en el pie», agrega.

Mientras todo esto pasaba, el peón nunca se dio cuenta de que el ala derecha de la fumigadora estaba tocando el cable de alta tensión. La mayor parte del shock eléctrico la asimiló el tractor.

«En el momento en que estaba pensando, que eran milésimas de segundo, me empecé a caer para el costado, no entendía nada. Empecé a ver que a mis manos no las sentía más y que se me empezaban a retorcer», sostiene.

 

Agustín continúa con su relato estremecedor. «Cuando me estaba retorciendo, tirado debajo del enganche, vi cuando estallaron las gomas del tractor, las reventó y vi la chispa azul que pasó entre ellas». En ese momento, se le cruzó la imagen de su hija y se juró que la nena no se quedaría sin padre.

«Por dentro me decía ‘tengo que salir de acá, tengo que salir de acá’, pero no tenía movilidad. Lo único que podía mover eran los ojos. No sé cómo hice tanta fuerza que pude girar para el costado, para la izquierda, hasta que pegué como dos vueltas y me quedé en el piso», recuerda.

Para ese momento, Etcheto sentía que se quemaba vivo: «La descarga que me hizo en el pie del hueso pasaba hasta la tierra, porque al pantalón me lo dejó como un colador».

Entonces pensó que se moría. «Digo ‘acá quedé’. Eso me asustó y me dio la fuerza para salir, no sé si hubo algo o alguien que me ayudó desde algún lugar, pero pude alejarme de ahí. Di dos vueltas, me levanté no sé cómo, mientras gritaba porque el dolor que tenía. Era un fuego por dentro, me quemaba todo», añade.

Agustín es de usar alpargatas o botines con punta de acero. Pero ese día llevaba unas zapatillas de marca con una suela de goma importante.

«Me alcancé a levantar, hice doscientos metros y ahí giro. Entonces veo para atrás y estaba enganchada un ala de la fumigadora con el cable de alta tensión. Ahí recién me di cuenta qué me había pasado. Agarré más fuerza y me fui a lo de mi tío, a quinientos metros. No me acuerdo cómo crucé los dos alambrados, tenía la parte de arriba del cuerpo paralizada, no sentía las manos, nada», prosigue.

Apenas entró a lo de Mauricio Hansen (57), lanzó: «Me estoy muriendo». Su tío pensó que era una broma, aunque enseguida comprendió que algo grave le había sucedido por el olor a quemado que desprendía su cuerpo. Además, le pidió que llamara por teléfono a la cooperativa eléctrica de Orense para que cortaran la luz, por si alguien iba al lugar.

El productor rural lo llevó de urgencia a una salita sanitaria en Orense, una localidad conocida por su hermoso balneario y con numerosos descendientes de daneses, donde le sacaron la zapatilla derecha y la media, que se le había fundido en el pie.

«El ritmo cardíaco lo tenía a 180 pulsaciones, estaba con arritmia. Ahí dije: ‘¿Me estoy muriendo o qué? Nunca había sentido ese golpe en el corazón, parecía que se me salía del pecho», cuenta Agustín, que a los 20 días de nacer fue operado por una coartación de la aorta (cuando es más estrecha que lo usual).

De allí lo trasladaron a la Clínica Privada Hispano Argentina, en Tres Arroyos. «Nunca recibimos gente que haya recibido semejante descarga y haya sobrevivido», le reconocieron.

-¿Creías en los milagros?

-No, pero ahora sí. Yo no sé, algo hubo ahí, porque no sé cómo hice para salir de abajo del enganche del tractor. Los doctores me dijeron ‘esto es uno en un millón’. Les mostré las fotos y se quedaron sorprendidos; venía un médico, el cardiólogo, la directora del Hispano, no lo podían creer…

También le dijeron: «Te salvaste por el calzado. Con alpargatas o botines, la quedabas ahí».

Ya más tranquilo, acepta que el incidente fue por una imprudencia y un exceso de confianza. «Yo me crié de chiquito en el campo, la fumigadora hacía poco que la había comprado mamá y también fue falta de experiencia en el tema».

Agustín ahora solo piensa en estar con su familia en su casa de Necochea y, después de los chequeos médicos que le esperan el 4 de mayo en Buenos Aires, volver a sus tareas en el campo: «Me gusta la libertad, trabajar al aire libre es lo más lindo que hay». Y con zapatillas, claro.

 

Fuente: Clarín