Estafados con los dólares “cara chica”: tenían un sueño y quedaron sin ahorros

Jun 1, 2022
Con 84 años, Osvaldo Liuzo es casi una institución más en Laborde, un pueblo de 5.000 habitantes ubicado en el sureste de Córdoba, a unos 283 kilómetros de la capital provincial. Fue el panadero del pueblo hasta que cumplió 75 años y decidió retirarse de la actividad con la que crío a sus hijos y formó su familia junto a Inés Viotti (83), su compañera de toda la vida. Ambos son una adorable pareja de abuelos que dedican su tiempo a malcriar nietos y seguir de cerca lo que hacen sus hijos, Darío y Marcela, señala la crónica del diario Clarín.

Pero el viernes 20 de mayo, una llamada telefónica cambió para siempre esa sensación de tranquilidad por desesperanza, impotencia y tristeza. La voz de una joven que se hizo pasar por Paulina, la nieta de la pareja que vive y estudia en la capital cordobesa, le advirtió a Inés que su hijo Darío estaba en el banco del pueblo en donde había surgido un grave inconveniente porque dejarían de aceptar los billetes de dólar “cara chica”.

Durante mucho tiempo, la pareja había ahorrado en dólares para el retiro de ambos y para salir de vacaciones recorriendo el país. Además, hace 15 años Osvaldo tuvo un accidente laboral en el que perdió los dedos de una mano y por el cual recibió una suma de dinero de indemnización. Con todo eso reunieron unos 25.000 dólares con una buena cantidad de billetes de una denominación vieja, que se conoce como “cara chica”.

“Mi papá fue panadero hasta los 75 años y siempre fue un laburante. En un accidente se cortó los dedos de una mano y parte de lo que se robaron ahora es lo que le dieron de indemnización”, relata Darío, el hijo de la pareja que es profesor de Educación Física en los colegios de la zona.

El docente asegura que sus padres se manejan solos, están en perfecto estado de salud física y psíquica y que ambos siguen teniendo una vida social intensa en el pueblo.

“Mis padres hicieron todos los méritos para estar bien a esta altura de la vida y por eso de mucha impotencia lo que les hicieron”, dice Darío con bronca.

La voz de la joven que simulaba ser Paulina, la nieta del matrimonio, comenzó a decirle que un empleado del banco iba a pasar por la casa a retirar los dólares para cambiarlos. La llamada se extendió por una hora y la estafadora le advertía a la mujer que no podía colgar. Mientras tanto le decía los nombres de sus otros nietos y el de sus hijos para que no dudara de que se trataba de la voz de su propia nieta que “estaba un poco congestionada”.

Un hombre llegó a la casa; Inés lo hizo pasar y el delincuente le pidió que envolviera la plata en papel de diario. Luego hasta se atrevió a preguntarle si no tenían objetos de oro porque también “había que llevarlos”.

Apenas se fue de la casa, la mujer empezó a dudar y llamó a su marido y después a su hijo.

Darío contó que a los pocos minutos fue a hacer la denuncia a la comisaría local y que la policía se movió muy rápido.

Siete horas después de perpetrada la estafa, un móvil policial notó un movimiento raro en un camino rural cerca de Jovita, una localidad vecina. Hubo una persecución que derivó en la detención de una pareja y en un reconocimiento de presos se determinó que el hombre es el estafador que llegó a la casa de los Liuzo a buscar la plata.

El caso recayó en la Fiscalía de Bell Ville, que comenzó también una investigación para dar con el dinero de los Liuzo. Los abuelos esperan que logren encontrarlo y cumplir finalmente su sueño de viajar.

“Tengo mucha bronca porque soy docente y tengo la idea de que la pedagogía y la educación nos tienen que salvar en algún momento”, afirma Darío, que agrega que trabaja en una escuela a la que concurren chicos de bajos recursos y que en su carrera ha podido ver cómo la educación cambia vidas.

“Hoy me pregunto si esos principios y valores que trasmito están haciendo bien. Y veo esto y pienso qué me harán a mí el día de mañana”, se lamenta, y advierte que ahora le preocupa dar a conocer lo que pasó con sus padres para que no les suceda a “otros abuelos”.

Fuente: Clarín