Lorena Alfaro es docente, tiene 36 años, es de Nogoyá y todos los días recorre 214 kilómetros viajando a dedo para poder dar clases. Su historia expone una realidad silenciosa que atraviesan muchos trabajadores de la educación: el esfuerzo extremo para sostener su vocación en un sistema que no siempre acompaña.
La historia de Lorena conmueve por la crudeza de su rutina diaria y por la claridad con la que describe las dificultades que enfrenta. Docente de primaria, trabaja en la “Escuela 25 de Mayo”, entre calles Monte Caseros y Gualeguaychú, de la capital entrerriana y, aunque “ni siquiera conocía Paraná”, desde hace dos años realiza largos viajes para poder cumplir con su trabajo.
“Es un esfuerzo muy grande el que estoy haciendo para llegar a trabajar”, afirmó.
Madrugadas, rutas y un esfuerzo cotidiano
El día de Alfaro comienza de madrugada. “Hay que levantarse a las 2:30 y hacer dedo a esa hora donde por ahí no hay auto que pase”, explicó. Su objetivo es llegar a horario a la escuela: “Tengo que llegar a la entrada de Paraná como a las 6 para llegar a la escuela a las 7”.
La incertidumbre es parte de su rutina. “No sabemos si vamos a llegar a la escuela, tampoco si vamos a volver a nuestras casas”, comentó. Muchas veces el viaje implica esperas prolongadas y condiciones adversas. “Quedás en lugares medio desiertos, abandonados, pasando frío”, contó.
A esto se suma el desgaste físico y emocional. “Duermo tres horas por día”, confesó. Sin embargo, remarcó que al llegar al aula intenta sostener la vocación: “Hay que llegar con la mejor sonrisa. Es complicado. El sistema educativo tiene esas contradicciones. Pero de todos modos, amo la docencia porque creo que la educación es un pilar muy importante”.
Costos económicos y falta de reconocimiento
La situación económica agrava el escenario. “No estoy trabajando doble turno, pero tengo que hacerlo porque no me alcanza. En viaje tengo que gastar cerca de 300.000 pesos”, detalló. Además, explicó que actualmente “no nos pagan el traslado”.
Madre soltera, también sufrió recortes en sus ingresos: “Cobraba Asignación Universal por Hijo, cuando entré a trabajar me la quitaron y quedé sin nada”. Esa ayuda, explicó, era fundamental: “Con esa plata invertía para hacer cosas de planificación y viajar a los concursos”.
“Ser docente cuesta. Viajar a dedo aún más”, resumió. Y cuestionó una mirada instalada socialmente: “La gente dice que el docente trabaja cuatro horas”. Frente a eso, enfatizó: “Hay que tener empatía con los docentes”.
Vocación intacta pese a todo
A pesar de las dificultades, la joven sostiene su compromiso con la educación. “Tenemos que trabajar de otra cosa para llegar a la escuela”, explicó, dejando en evidencia una realidad que excede su caso personal pudo saber EntreRíosYA de lo informado por Elonce.
Su testimonio refleja una problemática estructural que atraviesa a muchos docentes de la provincia y del país, y pone sobre la mesa la necesidad de repensar las condiciones laborales y el acompañamiento estatal para quienes garantizan el derecho a la educación.