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Con 93 años sufrió feroz golpiza: Hoy lucha por recuperarse y volver a trabajar

Ethel, la vecina que vive del otro lado la medianera, no puede creer cómo su amiga Sara llegó “en ese estado” hasta la puerta de su casa, golpeó insistentemente y tocó muchos timbrazos… Y hasta exclamaba “Abrime, abrime, soy yo”. No puede entender Ethel cómo Sara recorrió casi cien metros, caminó a través de su pequeña huerta y fue a pedir ayuda estando tan maltrecha. De 93 años, Sara acababa de ser asaltada, golpeada y torturada durante una hora y media, pero su fortaleza pudo más que su lastimado cuerpo.

“Llamá a la policía y después llamá a mi hijo”, casi que le ordenó, fiel a su personalidad y temperamento, Sara Carmen Dodardo a Ethel, a quien conoce de toda la vida. Estaba clareando, no eran todavía las seis de la mañana del sábado 2 de enero. “Ella estaba con el camisón ensangrentado, descalza, tenía el pelo todo revuelto y la boca lastimada, pero no quería entrar a mi casa, insistía en que le revisara el cuero cabelludo pero en la vereda y yo estaba muerta de miedo”, describe Ethel, de 82 años, aún azorada.

 

Claro, el asombro tenía que ver con que Sara había sido golpeada en todo el cuerpo, recibiendo patadas y piñas en la cabeza y, una vez tendida en el piso, “las bestias la siguieron pateando hasta comprometerle los pulmones y romperle la cadera. Se la fracturaron y Sara llegó a mi casa de pie con la cadera rota, ¿entendés? Sólo le pido a la virgencita que resista, ella no se merece irse así, rezo todos los días para que aguante y para que la policía agarre a esos asquerosos sinvergüenzas”.

En Bernal, en la calle Cerrito, entre Dardo Rocha y Falucho, la Chola es el personaje símbolo del barrio. Todos conocen a esta mujer que hace casi 60 años vive allí, respetada por su amor al trabajo y generosidad con la gente. Es “la Chola” a secas, la supervisora de su fábrica -contigua a su casa- de bolsas de plástico para cebollas que ella misma abre todos los días a las seis de la mañana y recibe a los empleados. Hasta que llega su hijo, ella solita se encarga porque -dicen en la cuadra- “ella es dueña de una autonomía e independencia que defiende a capa y espada”.

A nadie le pasa inadvertido la presencia de Chola, por eso el ataque criminal que sufrió a manos de dos delincuentes provocó la indignación y la ira de los vecinos que se acercan y quieren preguntar cómo está la mujer que se encuentra internada en el Sanatorio Modelo de Quilmes. “Esos sinvergüenzas la van pagar”, dice un empleado del Carrefour frente a su casa. “Ella es una dama, clienta muy querida, imaginate que a ella le fiamos… ¿A quién se le fía hoy en día en este país?”, hace saber una cajera.

 

Alejandro Cancela, de 52 años, es el hijo que abre la puerta de la casa de Sara y haciendo mucho esfuerzo para no desmoronarse, invita a Clarín a recorrerla y describe cómo fueron los abominables hechos. La humilde vivienda de Sara está patas para arriba, los delincuentes entraron por un ventiluz pasadas las cuatro de la mañana del pasado sábado al grito de “¿donde están los dólares, vieja de mierda?”. En shock, entre dormida, Sara no entendía qué estaba sucediendo.

Cancela, con la mirada clavada en un punto, mastica bronca pero habla de su madre con emoción y sobre todo con una admiración conmovedora. “Mi vieja les decía a esos hijos de puta: ‘conmigo hagan lo que quieren, pero a mis empleados no los toquen’. Estaban por llegar los muchachos que entran a las 6 y mi vieja, destruida como se encontraba, estaba preocupada por su gente, la misma gente que cobra el sueldo que ella cuenta y les entrega en mano”.

De la casa pequeña y austera al taller de máquinas donde tres empleados mantienen el equipo en marcha. “Esto no para, esto sigue, como quisiera doña Sara”, dice uno de los empleados. Hay mucha chatarra y baratija alrededor, dos masacotes que son viejas cajas fuerte abiertas que hacen de depósito de herramientas… Rodea la simpleza, nada de ostentación. Arriba a un costado, hay una cámara que registró la vil y cobarde agresión que Alejandro intenta reconstruir. “¿Cómo está ella? La está peleando, tuvo una pequeña evolución, ella está lúcida, pero muy dolorida y tiene para una larga recuperación”.

Cancela no puede creer la pesadilla que está viviendo. Escupe bronca por “el ataque bestial a una viejita de 93 años, ¡qué necesidad de semejante odio!”. Cree Alejandro que la entereza y la energía de su mamá la mantienen con vida. “Yo me quedo a dormir con ella en la habitación y han sido noches bravas, ella por momentos sentía que no tenía oxígeno porque sufre epoc, además de que los golpes en los pulmones le provocaron lesiones de consideración”. Amigos y vecinos abrazan y se despiden del hijo que busca consuelo en el afecto de su entorno.

Una sonrisa le ilumina el rostro a Alejandro, que recuerda la medianoche del 31 que pasaron solos madre e hijo. “Increíble, fue hace nada y la pasamos tan bien, qué iba suponer que un día después padecería ese calvario”. Cuenta que la sorprendió a su mamá aquella noche con un pollo al spiedo con papas rejilla y un vino tinto y luego un champagne. Mamá es de muy buen estómago y le gusta todo, por supuesto que se comió medio pan dulce. Fue tan agradable esa noche juntos, los dos, hablando de todo…”.

 

Alejandro confía en su mamá-roble, él sabe que se vienen semanas claves, en las que el foco estará puesto en su recuperación. “Ella siempre fue muy libre, nunca quiso estar atada, por eso creo que será fundamental que ella tenga paciencia, algo que yo como hijo deberé ayudarla a cultivarla. Hay tres aspectos en los que habrá que poner la atención: el respiratorio, el kinesiológico y el anímico. Confío en su fuerza de voluntad para que se suelde la cadera y vuelva a caminar”.

Muchas veces Alejandro -casado y con tres hijos- quiso llevar a Sara a vivir con él a Belgrano, pero la respuesta siempre fue la misma: “Si lo hacés, te denuncio con la policía”, le espetaba con el ceño fruncido. Otra veces intentó que alguna empleada colaborara en casa con las tareas hogareñas. “En mi casa la limpieza y la comida las hago yo”. Nada le movía el amperímetro, Sara se había acostumbrado a hacerlo todo desde que murió su esposo Gerardo Cancela, en 2002.

“Chola” nació en Concepción del Uruguay (Entre Ríos) en 1927, año en el que también nació su referente, su amada Mirtha Legrand. “Para mamá Chiquita lo es todo, a veces la imita en su coquetería, en su manera de vestir, además de seguirla siempre y escucharla. Le gusta maquillarse, verse linda, ponerse collares y pulseras, siempre fue una mujer hermosa y llegó a ser Reina de la Primavera… y hasta hace cinco años calzaba tacos y se ponía medias caladas… una diosa”.

A los 20 años se vino a Buenos Aires desde Entre Ríos, con una mano atrás y otra adelante, con el sólo objetivo de conseguir trabajo y mandarles dinero a sus padres. Al poco tiempo de instalarse sola en la gran ciudad entró a un colegio como maestra de grado, después trabajaba en una panadería y también cuidaba chicos, lo que la pinta de cuerpo entero. “Nunca concibió la vagancia, siempre fue una mujer de armas tomar, hacedora, igual que mi viejo, y ambos hicieron una familia y levantaron esta fábrica en 1955”, repasa Alejandro.

 

Carácter y personalidad coinciden algunos curiosos que se acercan a Cerrito al 700, para definir a la Chola del barrio. Asiente sonriente Alejandro “porque es así, tal cual. Y a veces se mufaba conmigo porque durante la cuarentena estricta yo venía y le traía las cosas del supermercado y le pedía por favor que no saliera. Pero ella decía que no se iba a contagiar del covid porque desayunaba con fernet… En serio, todas las mañanas se tomaba una medida de fernet puro y decía que eso no sólo le inoculaba energía sino que le mataba todos los bichos del organismo”, hace memoria con nostalgia.

Revela Alejandro que Sara desde su cama en el hospital pregunta preocupada por sus dos loros de treinta años y su perrito Diez que lastimaron y su hijo la tranquiliza, además de utilizar un tono efusivo para expresarle que “estás en todas las noticias, sos más famosa que Mirtha Legrand”, con lo que le roba una sonrisa a doña Chola. “¿Sabés qué la levantaría a mi vieja? Que la llame Mirtha le produciría un subidón que la pondría a saltar arriba de la cama. Sería un regalo maravilloso”.

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