Nació con celiaquía, pero tardaron más de un año en diagnosticarla

MAYO DE 2019- La historia de Silvia se remonta 37 años atrás, cuando nació su hija Lola. Cada vez que quería amamantarla, la beba no paraba de llorar, por eso, la mujer intuía que tenía una intolerancia o que le ardía el tracto digestivo. Sin embargo, el médico le decía que esto no era posible ya que “la leche materna es lo mejor que hay”.

Silvia estaba realmente angustiada por toda la situación. A los tres meses, la pequeña sufrió de un broncoespasmo tan fuerte que derivó en una laringotraqueobronquitis. Lola estaba débil e inapetente, no quería ni leche materna ni mamadera.

Fue así que Silvia decidió incorporar a la dieta de su hija leche de soja, además de la teta. “Al principio mejoró un poco, pero no era una nena que se despertara para comer. Era muy flaquita, muy chiquitita”, describe su mamá. Es entonces cuando repitió la fórmula que le había funcionado con su hijo anterior: darle papilla de cereales infantiles.

De esta manera, Silvia comenzó a incorporar alimentos blandos en la dieta de Lola y a los cuatro meses ya le daba los cereales infantiles en mamadera y sémola de trigo de cocción rápida. “Hace 37 años los médicos te dejaban empezar con las primeras comidas a los tres o cuatro meses de nacido el bebé”, explica la Presidente de la Asociación Celíaca Argentina.

A los seis meses, Lola seguía sin engordar. De un día para el otro, empezó a estar decaída y empeoraba cada vez más. El 24 de mayo de 1981, Silvia llamó al pediatra para que evaluara a la bebé, pero el médico no sabía qué era lo que le ocurría. Esa misma noche, Lola tuvo vómitos y diarreas muy fuertes, por lo que al día siguiente fue internada de urgencia.

Los especialistas creían que la beba podía padecer meningoencefalitis, una fibrosis quística de páncreas, entre otras enfermedades. El 26 de mayo, la bebé no se despertó y entró en coma. “Los médicos no sabían qué tenía, ni tampoco si la iban a poder despertar. Convocaron a un ateneo y le hicieron una biopsia; siguieron con una batería de estudios y remedios a probar, y le pusieron suero hasta al otro día que recién abrió los ojos”, recuerda Silvia.

Diez días después, le dieron el alta a Lola con la recomendación de que se incluyera en su alimentación la sémola. Al mes, volvieron nuevamente los síntomas y la pequeña terminó, una vez más, internada. Los médicos recién en ese momento se centraron en el tema de la alimentación y le recetaron una leche hidrolizada que era traída del Banco de Drogas de Aerolíneas Argentinas.

Esa leche era americana, costaba 14.50 dólares y la pequeña tomaba una lata cada día y medio. Además, al menú se le suman aceite y azúcar importados. Con el correr de las semanas, Silvia y Lola realizaron varias interconsultas con distintos médicos de la Ciudad de la Plata hasta que se contactaron con el doctor Carlos Gianantonio del Hospital Italiano de Buenos Aires quién la atendió junto con el doctor D’agostino. Los estudios continuaron pero nadie confirmaba el diagnóstico. “Al ser tan chiquita los especialistas decían que no llegaba a ser celíaca. Sin embargo, Lola no engordaba, al cumplir el año pesaba 6,150 Kg y las dos semanas perdió 30 gramos. Realmente era muy preocupante y angustiante”, cuenta Silvia.

Lola empezó a consumir carnes y alimentos naturales, pero seguía con vómitos y gran cantidad de deposiciones. Nuevamente volvió a estar internada y le realizaron una biopsia intestinal donde finalmente se constató que era intolerante tanto al trigo, como a la avena, la cebada y el centeno (T.A.C.C).

El intestino estaba liso, habían desaparecido las vellosidades. A partir de este resultado y con el cambio de alimentación, poco a poco, Lola comenzó a mejorar. Si bien hasta los cuatro años fue una nena muy flaquita, de poco pelo, con panza y piel seca, llegada esa edad estaba muchísimo mejor.

Durante su infancia Silvia tuvo que decirle muchas veces que no a Lola, ya que tanto en el jardín como en la casa de sus amigas robaba galletitas. Fue en esa época cuando emprendió el trabajo fuerte con el club de madres de niños celíacos. Impulsaron la incorporación de productos libres de gluten, analizaban los mismos con el método Elisa que había creado el Doctor Chirdo.

“Empezamos todos los meses a inscribir nuevos productos. Primero fueron doce, después doce más y así sucesivamente. En la actualidad tenemos más de 11 mil productos inscriptos como libre de gluten”, recalca Silvia, quien con el correr de los años se convirtió en la flamante Presidente de la Asociación Celíaca Argentina. Además, aclara que su historia tuvo un final feliz: hoy Lola es una mujer de 37 años, sana y alegre, con tres hijos.

Fuente: TN

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